Esto es inútil. No se trata del método de erradicación de la coca, sino de la presencia del Estado en las zonas donde se cultiva.
Los drones que rocían herbicidas son lo opuesto a la presencia: los robots no son un gobierno. Cuando se van, los campesinos pueden lavar o cortar las plantas y luego seguir cultivando.
Y cuando el gobierno no está presente, derribar un dron es trivial. Otra herramienta rota en una política fallida.